El Cabildo de Córdoba, situado en la ciudad argentina del mismo nombre, es uno de los últimos de estilo clásico que quedan en la Argentina. Su construcción original data de principios del siglo XVII pero sufrió numerosas transformaciones de acuerdo a las necesidades de cada época, siendo la más importante la que se le realizó en la segunda mitad del siglo XVIII.

Desde su creación fue un importante centro de actividad cívica de la capital provincial: además de haber tenido durante la dominación española la actividad propia de un cabildo, fue también en distintas épocas cárcel, jefatura de policía, auditorio, centro de información turística y museo.

Los primeros alcaldes y regidores nombrados al establecerse la ciudad de Córdoba debieron efectuar sus sesiones en casa de algunos de ellos. Con el transcurso de los años empezaron a encarar seriamente la posibilidad de adquirir local propio. Los solares destinados para casas del Ayuntamiento en el plano de la ciudad se extendían frente ala Plaza Mayor (actual Plaza San Martín), pero no habían sido ocupados a pesar de haber transcurrido ya unos quince años desde entonces.

En 1588 se recolectaron las primeras maderas para la edificación. Como la ciudad carecía de fondos se pensó reunirlos procediendo a cobrar las multas que estaban condenadas a pagar algunas personas, parte de las cuales las hicieron en efectivo, y otras aportando puertas, vigas y demás materiales de construcción. Los cabildantes decidieron, en junio de 1589, rodear con cercos uno de los antedichos solares.

Pero por intervención del procurador de la ciudad, capitán Antonio de Alfaro, hubo una nueva dilación de las obras, debido a que este opinaba que eran de mayor urgencia la ermita de los santos Tiburcio y Valeriano, la tapia de la parroquia y la acequia pública. Finalmente, pasados unos años, el edificio mal que bien se terminó al lado de la iglesia parroquial. Tenía paredes de adobe, precario techo de paja, y sus puertas estaban sin refuerzo.

Seguramente este cabildo no fue muy sólido ni lo suficientemente amplio, por lo que en 1606 los cabildantes encararon la necesidad de hacer otro que debía contar, además de las salas de sesiones, con celdas y dependencias.

Para levantar el nuevo o modificar el anterior las autoridades decidieron que los vecinos de la ciudad entregarían sus indios y criados para que trabajasen en la obra, y que la madera necesaria se compraría con lo obtenido de una contribución impuesta al vino que se vendía al por menor.

Es curioso mencionar que el único albañil de la ciudad, llamado Bernardo de León, incurrió en un delito y fue puesto en prisión, motivo por el cual no pudieron proseguirse sus trabajos.

En marzo de 1607 se contrató a Alonso de Encinas para que dirigiese la obra por el término de un año, conviniendo en pagársele ochenta pesos. Un mes después se requirieron los servicios del carpintero Miguel de Bideaure, y se le dieron doscientos sesenta pesos, maderas y clavos, e indios para que le ayudasen.

Como el citado Bernardo de León seguía en presidio y no había otro que supiese cocer ladrillos y tejas, el procurador Juan Nieto propuso solicitar bajo fianza su libertad, lo que fue aceptado. Se lo contrató por ciento noventa pesos, pero dada su situación no podía trabajar con entera libertad. Como faltaban hacer algunas ventanas, puertas, una escalera, y enladrillar y blanquear unas habitaciones, además de que los techos no estaban listos, se resolvió pedir al teniente de gobernador, capitán Luis de Abreu de Albornoz, que le permitiera salir de la prisión, dejándolo circular por toda la ciudad. Para apresurar un poco la obra se contrató también a los carpinteros Juan y Gregorio de Acosta.

Antes de finalizar el año de 1610 el cabildo quedó terminado, constando de tres aposentos, una celda en la planta baja y dos habitaciones y una sala en la alta.

Con el transcurso del tiempo la paja que cubría los techos fue reemplazada por tejas musleras y los muros de adobe cedieron paso a los de ladrillo calicanto y barro. En 1649 se inició la edificación de otra celda, concluida cinco años más tarde.

Pero el tiempo iba arruinando las casas y los calabozos, lo que provocó en más de una oportunidad la fuga de presos.

No disponiendo de fondos para poner en condiciones el edificio, a fines del siglo XVII se envió una carta al rey, en que se solicitaba remedio a tan penosa situación, haciéndose además toda clase de gestiones para reparar la cárcel pública. Por fin se pudo reunir algún dinero mediante impuestos y suscripciones, y en 1733 se comenzó el viejo Ayuntamiento, corriendo con la obra el alcalde José Moyano Oscariz.

En 1784 llegó a la ciudad de Córdoba el primer gobernador intendente, don Rafael Núñez, marqués de Sobremonte. Para este entonces el Cabildo no estaba listo todavía, y una de sus preocupaciones fue darle término. Dispuso que en la recova de la planta baja se instalasen tiendas para la venta de telas, vinos y especias, por lo que se cerraron arcos y levantaron tabiques.

En 1786 encargó los trabajos al ingeniero militar Juan Manuel López, bajo cuya dirección se hicieron la escalera principal, una galería de quince arcos y las modificaciones que dieron al edificio su definido carácter colonial. Se agregó también una capilla para que pudiesen asistir a misa los recluidos y condenados, librándose años más tarde al público.

En septiembre de 1813 se reemplazó el estandarte español que se ubicaba en el balcón central por el primer escudo nacional.

Durante muchos años se lo utilizó para asiento de la jefatura de policía. Fue en el alas que da al Pasaje Santa Catalina, en donde funciono durante muchos anos el Departamento de Informaciones (DDI) de la Policía Provincialen donde numerosos detenidos fueron torturados y asesinados durante la época de la dictadura militar de 1976 a 1983 como parte de la denominada guerra sucia en Argentina. (Memoria y Resistencia de los presos políticos durante el terrorismo de estado en la Argentina. Wikipedia)