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9 a 28  de Marzo

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Salas Capitulares

Cabildo de Córdoba

 

 

Fidencio, un santo mexicano
“El Niño Fidencio (f. Espinazo, Nuevo León, 19 de octubre de 1938) fue un famoso curandero mexicano, venerado ahora por la Iglesia Fidencista Cristiana. La Iglesia Católica no le reconoce estatus oficial de santo, pero su culto se ha extendido por gran parte del norte de México y el sur de Estados Unidos”.

 

 

Pedro Valtierra

Nació en 1955 en San Luis de Abrego, Zacatecas, y se inició como laboratorista en 1974 en el departamento de fotografía de la Presidencia de la República. Ingresó a El Sol de México, como fotógrafo, en 1977, y un año después pasó al diariounomásuno, desde donde obtuvo varios reconocimientos, entre los que destaca el Premio Nacional de Periodismo(1983). En 1984 participa en la creación de la agencia Imagen Latina y es fundador del diario La Jornada, del cual es actualmente coordinador y editor de fotografía. También funda y dirige la agencia y la revista Cuartoscuro. Fue presidente de la Sociedad de Autores de Obras Fotográficas (1988-1991) y fue director de la revista Mira (1990). “Fotógrafo de la década 1975-1985”, según la revista Fotozoom, ha participado en más de 200 exposiciones colectivas e individuales en México y ha expuesto su obra en Canadá, Estados Unidos, Cuba, España, Francia, Italia, Alemania, Bélgica, Venezuela, Ecuador, Guatemala, Costa Rica, Suecia y Londres. Es autor del libroNicargua, una noche afuera (1992, Cuartoscuro). En 1998 ganó el Premio Rey de España a la mejor imagen noticiosa internacional del año, en concurso convocado por la agencia española EFE y el Instituto de Cooperación Iberoamericana. Desde 1999 tiene una exposición permanente en la sala “Pedro Valtierra” del museo “El Agora José González Echeverría”, en Fresnillo, Zacatecas.
http://www.cuartoscuro.com/pedro_valtierra.html

En medio de un desierto que aún hoy lo sigue siendo –quizá más, tal vez más ralo, más depauperado, más abandonado–, surgió a principios del siglo 20 un curandero, como muchos otros, pero cuyo poder habría de extenderse décadas después de su muerte.

Su fama se fue extendiendo: que operaba con un vidrio en lugar de bisturí, que curaba a los locos, que hacía desaparecer la lepra, que estirpaba tumores, que hablaba apenas con una voz infantil que todos oían como palabras santas: el Niño Fidencio hizo crecer su fama.

José Fidencio de Jesús Síntora Constantino había llegado al rancho de un hacendado alemán en Espinazo, Nuevo León, procedente de Guanajuato, un estado central de México. Su familia, pobre y sin posibilidades de darle sustento, lo había “encargado” con una familia pudiente: Enrique López de la Fuente habría de convertirse en su protector y, una vez terminada la Revolución Mexicana, en la que participó, se llevó a Fidencio a que se encargara de sus hijos en su nuevo trabajo como capataz de la hacienda del norte del país.

Espiritista convencido, el alemán don Teodoro oyó cómo Fidencio andaba curando por las rancherías y, sin más, se puso en sus manos para el mal que le aquejaba en la piel. Nadie sabe con exactitud qué menjurje preparó el Niño pero, en agradecimiento, el hacendado mandó publicar una nota en un periódico ¡de la capital del país! hablando de los poderes de su empleado. Su fama se extendió y de todas partes llegaban a Espinazo. Incluso un presidente de la República abordó el tren y se bajó en la entonces activa estación del pueblo, acompañado del mismísimo Secretario de Salud de la época.

Fidencio se dedicó entonces en cuerpo y alma a “a sus enfermos”, sin más conocimiento que la intuición, y sin más ayuda que la de un cuerpo de enfermeros que lo seguían a todos lados.

A los leprosos, les untaba ungüentos de hierbas y minerales que él mismo escogía; a los mudos, les aplicaba una terapia de shock asustándolos con la fuerza del mismo al grado que proferían un grito; a los locos, les aventaba frutas desde lo alto de un cerro para curarlos del espanto; extirpaba tumores usando pedazos de una botella de vidrio recién quebrada; daba vueltas a un pirul que adorna apenas la entrada a Espinazo como parte de un rito, y acababa usando el lodo del charquito para aliviar el dolor de los sufrientes.

Dicen que murió de agotamiento. Otros creen que acabaron con él unos doctores que vinieron de una población cercana que debían procurar su restablecimiento. El Niño Fidencio, con su voz aflautada y sus poderes reales o imaginarios, murió en cuerpo… pero hoy, se cree que utiliza el cuerpo de sus médiums –conocidos como “cajitas”– para seguir aliviando el dolor de sus fieles.

Durante todo el año, pero especialmente el día de San José, y en los aniversarios de su natalicio y muerte, Espinazo se ve invadido de miles de seguidores, enfermos y no enfermos, así como de “cajitas” que se dejan poseer por Fidencio para que cure a través de ellos. Éstos últimos entran en trance: su voz se convierte en la de un niño y entonces los creyentes saben que Fidencio está en la Tierra.

Hoy la visita a Espinazo es todo un ritual. De entrada, se visita el árbol del pirul, donde el Niño Fidencio solía hacer concentraciones, y se da una vuelta. Alrededor del solitario árbol, decenas de “cajitas” ofrecen curar a los enfermos. De ahí también parten las procesiones: algunas a pie con sus integrantes perfectamente bien identificados con sus túnicas blancas y las siglas de la organización fidencista a la que pertenecen; otros, rodando por el suelo, en señal del sacrificio que hay que hacer en agradecimiento a los dones que habrán de recibirse.

Todos llegan entonces a la tumba de Fidencio, ubicada dentro de la casa que habitara el hacendado. Todos quieren tocarla, sentir se presencia, contemplar su imagen de Niño viéndolos desde el sepulcro. En el cuarto de atrás, se conserva todavía el “Teatro Nacional”, un escenario en donde el santo hacía representaciones para sus fieles. Hoy se celebran ahí, como si fuera un altar, las misas de la Iglesia Fidencista la cual está debidamente registrada ante las autoridades de la Secretaría de Gobernación.

Sigue el rito con la visita al charquito. Cuentan que antes, cuando el Niño vivía, era sólo eso: un charco de lodo con minerales curativos. De hecho, acercarse al charquito es impregnarse de olor a azufre…mezclado hoy con sudor, con polvo, con pus y sufrimiento.

En el charquito los “cajitas” hacen ceremonias de purificación y de curación: los fieles son dejados caer de espaldas para salir el cuerpo entero lleno de un lodo verdoso por quienes algunos son capaces de pagar para llevar a casa.

Hay quienes visitan el columpio que usaba para curar a los mudos, decorado de fiesta con papel de china y flores. Otros, más aventurados, siguen hasta el Cerro de la Campana, donde dicen que el Niño hacía curaciones masivas. No falta encontrar ahí a alguien en trance o a una peregrinación entonando los cánticos que le han compuesto a Fidencio.

Al finalizar las fiestas, la gente se aleja pero saben que habrán de volver para sentir en carne propia las palabras que Fidencio dejó para sus seguidores: “No son pobres los pobres, ni ricos los ricos. Sólo son pobres los que sufren por un dolor”.

 

Ana Luisa Anza

 

 

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