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Martes 21 de diciembre, 19 hs. Sala Cognini

   

Julie Delpy es Sherry.
Sharon Stone es Laura.
Frances Conroy es Dora.
Jessica Lange es Carmen.
Tilda Swinton es Penny.
Título: Flores rotas (Broken Flowers)
Género: Comedia dramática
Dirección y guión:Jim Jarmusch
Interpretación: Bill Murray (Don Johnston), Jeffrey Wright (Winston), Sharon Stone (Laura), Frances Conroy (Dora), Jessica Lange (Carmen), Tilda Swinton (Penny), Julie Delpy (Sherry), Christopher McDonald (Ron), Mark Webber (Chico), Chloë Sevigny, Heather Alicia Simms (Mona).
Montaje: Jay Rabinowitz
Fotografía: Frederick Elmes
Música: Mulatu Astatke
Vestuario: John Dunn
Dirección artística: Sarah Frank
Diseño de producción: Mark Friedberg
Producción: Jon Kilik y Stacey Smith
País: EE UU (2005)
Duración: 105 minutos
OR FORTUNA, directores ajenos a las normas del negocio como Jim Jarmusch siguen apostando por los mejores actores y actrices americanos, figuren o no éstos en las volátiles modas hollywoodienses. Y gracias a esta premisa donde el arte se antepone a la ineludible industria, el espectador vuelve a disfrutar de otra lección del inagotable talento de Bill Murray en la última obra de Jarmusch: Broken Flowers (Flores rotas). Pero además de reencontrarnos con el mejor Murray, el director de Ohio también recupera en su filme a grandes actrices arrinconadas por el cruel peso de la edad: Sharon Stone, Frances Conroy, Jessica Lange, Julie Delpy o Tilda Swinton. En sus diferentes papeles secundarios, cada una luce espléndida como antigua novia del don Juan que siempre fue Don Johnston (Murray).La historia de este hombre, cuyo nombre en la cinta se presta al inevitable choteo con el del actor de Corrupción en Miami, es la de un cincuentón enriquecido por sus éxitos en la industria informática que, a pesar de su grueso historial de novias, no ha terminado por sentar la cabeza con ninguna de ellas y formar una familia. En ausencia de ésta, él vive integrado como un miembro más de la de su vecino y gran amigo Winston (Jeffrey Wright). Johnston se une a las actividades de la vida cotidiana de Winston, su esposa y sus cincos hijos con la naturalidad que lo haría un tío. Así, en sustitución del calor de hogar ausente en su lujosa mansión, de la que se acaba de marchar su última ex, Sherry (Julie Delpy), Johnston acude a la comida dominical de la familia Winston, charla sobre cualquier trivialidad con el cabeza de familia y su mujer o juega con la numerosa prole de ambos.

Después de irse Sherry, Johnston vuelve a afrontar una nueva etapa solitaria que quizá ya no le sea tan fácil suplir acudiendo a sus habilidades seductoras. El patetismo de su soledad resulta de lo más tragicómico al ver la mirada pérdida de Murray frente a una enorme pantalla plana de televisión apagada. Y dada su riqueza súbitamente adquirida en un golpe de suerte logrado en una industria por la que parece haber perdido todo interés (ni siquiera tiene un PC en casa), su día a día consiste en sentarse en su sofá vestido siempre de chándal, visitar a los Winston, volver a casa y aguardar a que el sueño le venza hasta levantarse, a cualquier hora del siguiente día, con la arrugas de los cojines del sofá marcadas en su cara.

Pero, inopinadamente, el juguetón destino le sacudirá su vida en estado cuasi vegetativo. Una carta de una novia del pasado le anuncia que tuvo con él un hijo que ahora, a sus 19 años, podría estar buscándole para conocerle. El parsimonioso Johnston, en vista de que la carta no tiene remitente ni ningún dato añadido para identificar a su autora, prefiere pensar en una broma pesada de alguna ex cabreada. Pero Winston, excitado por su afición a los misterios y a las novelas de este género, decide espolear a su vecino hasta la insistencia para conocer si verdaderamente tiene un hijo y con qué novia de hace 20 años pudo haberlo tenido.

A regañadientes, Don Johnston emprenderá un viaje que tendrá tantas paradas como novias tuvo él hacia los años 70, período de amoríos del pasado sobre el que el sabueso Winston propone centrar la investigación. En la mayoría de casos, el recuerdo del período de juventud compartido con ellas —casi siempre idealizado— se verá chafado por la realidad que cada una de ellas vive en la actualidad. Y esa vuelta al pasado a través de las visitas a sus ex le sirve también para reflexionar sobre qué vida lleva él ahora o la que, hipotéticamente, podría haber llevado si ahora hubiese seguido unido a cada una de ellas. La ardiente Laura (Sharon Stone) es la viuda de un piloto de carreras y la madre de Lolita, una adolescente con una precocidad sexual muy apropiada para su elocuente nombre. Dora (Frances Conroy), antigua hippy militante en la etapa compartida con Johnston, vive ahora una vida gris de apariencia perfecta como socia de la exitosa inmobiliaria que codirige con su marido, un hombre petulante sólo preocupado por sus logros profesionales, entre los que incluye, como un proyecto más, a su esposa. Carmen (Jessica Lange) parece una calculadora mujer que, increíblemente, se gana la vida, y muy bien, como “comunicadora” de animales. Parece renegar de los hombres, por lo que mantiene una relación con la bella secretaria de su consulta (Chloë Sevigny). Y Penny (Tilda Swinton) vive en medio de un bosque perdido de la América sureña más profunda junto a una banda de moteros. Las formas poco educadas y violentas de sus colegas parecen habérsele añadido a su personalidad.

Además de humor, la película también ofrece un interesante discurso en el que la vida se muestra como un viaje en el que las experiencias, buenas o malas, son siempre sorprendentes y nos terminan por cambiar en uno u otro sentido

El viaje, por tanto, es una concatenación de sorpresas para Johnston, quien no perderá su pose silente y estática a lo largo de todo el filme pese al rosario de extrañas experiencias vividas. Y de la hierática interpretación que hace Murray de su personaje en contraste, por ejemplo, con el inquieto Winston emana mucho del humor contenido en esta cinta. Aunque, además de humor, la película también ofrece un interesante discurso en el que la vida se muestra como un viaje en el que las experiencias, buenas o malas, son siempre sorprendentes y nos terminan por cambiar en uno u otro sentido. Y aunque la cinta no pretende aleccionar sobre nada concreto, una de las frases postreras de Johnston encierran una sabia recomendación: “El pasado se ha ido, el futuro no está aquí y no lo puedo controlar, así que supongo que este es lo único que hay”. Como dice Jarmusch respecto a este frase, “si eres capaz de vivir así, eres un jodido maestro Zen. Es muy fácil de decir y muy difícil de hacer”.  (el ojo crítico)

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